Acerca de mí
Hace mucho tiempo existió un niño soñador y ocurrente en una casa sencilla dentro de un pequeño paraíso bucólico… bromas. Ahora sí: déjame contarte algo sobre mí.
Comencé a escribir después de renunciar a la idea de ser científico. Me gusta preguntarme el porqué de las cosas —aunque a veces no lo tengan en el plano racional— es parte esencial de quién soy.
Contrario a lo que muchos creen, no soy fanático de los ordenadores ni de la red de redes. Sólo descubrí en ellos una herramienta poderosa para resolver dudas, imaginar, conectar con personas, aprender, crear, investigar, inspirarme, ver películas, escuchar música, dibujar… y un largo etcétera. Nada más, nada menos.
Me gustan muchas cosas: la tecnología, la matemática, la estadística, el fútbol soccer, las infusiones, las hamburguesas, la música (rock alternativo y pop punk), hablar con mis amigos, mirar el cielo y buscar formas en las nubes, correr, leer libros (lector de casta, no empedernido), ver películas (cinéfilo de corazón) y también series. Me gusta disfrutar de una buena fiesta, pero sobre todo de esos pequeños momentos que le dan sabor a la vida.
A veces vivo con intensidad, casi al extremo, como si cada instante pudiera ser el último. Y como muchos, tengo utopías: sueño con un mundo mejor. Eso me lleva a reflexionar sobre qué necesitamos para mejorar como sociedad, de dónde provienen nuestros problemas y hacia dónde nos conducen nuestras acciones.
También disfruto meditar, imaginar, escribir, divagar y ser un tanto nefelibata. Valoro la soledad —soy algo asocial— y también el amor, tanto darlo como recibirlo. Necesito sentirme libre para soñar, crear e ilusionarme, aun a pesar de las caídas y los aterrizajes forzosos que la vida impone.
No todo me gusta: no tolero el berro, la pacaya y la flor de izote. Tampoco me agradan las personas farisaicas y camaleónicas. Prefiero la franqueza acompañada de empatía, porque las palabras —ese órgano diminuto y potente como un AK-47—, una vez dichas, no regresan.
No creo en la casualidad, sí en la causalidad: cada acción repercute en algo y cambia la historia, como un efecto dominó. Soy creyente, pero no fanático. Creo en la ciencia y en la razón, y me defino como un místico cristiano: «Una mente pura, un corazón noble, un cuerpo sano». Creo en un Dios que se revela en las leyes armoniosas del universo, no en uno que reparte castigos o destinos.
Esto es apenas un fragmento de lo que soy… Alguna vez pensé que uno podía llegar a conocer por completo a las personas. Hoy entiendo que ni siquiera he terminado de conocerme a mí mismo.
Como todos, he cometido errores —pequeños y enormes—. Siempre he creído que, ante cada tropiezo, hay dos opciones: lamentarse o aprender. Intento elegir lo segundo, aunque a veces la lección no sea solo para mí, sino también para quienes están cerca.
No tengo muchos temores. No me asusta envejecer, pero sí volverme irrelevante. Temo convertirme en un anciano nostálgico, incapaz de comprender el mundo que lo rodea ni aportar algo a él.