Imaginemos por un momento III
Año 2062. Los hijos de la generación alfa ya son adultos. Los milénicos, ahora abuelos, activan su “modo Abuelo Cebolleta” para contar cómo eran los buenos tiempos, allá por el lejano 2025. El cometa Halley vuelve a asomarse en el cielo. Su paso, como siempre, nos obliga a mirar hacia afuera —y hacia adentro— para preguntarnos cuánto hemos comprendido del universo… y de nosotros mismos.
Elon Musk ha muerto. Peter Thiel no halló la fórmula de la inmortalidad. Pero uno de los sueños de Musk se hizo realidad: Marte es habitable. Terraformado. Los viajes de ida y vuelta al planeta rojo se han vuelto pasatiempos exclusivos de los plutócratas de la Tierra.
Los robots se parecen más a los humanos. La inteligencia artificial, tras veinticinco años de estancamiento por la bancarrota de Microsoft, Meta, Google..., retomó impulso. Hoy avanza sin freno gracias a que ahora es un procomún. El dataísmo —esa fe en los datos como verdad suprema— ha conquistado el mundo.
Paradójicamente, los jóvenes valoran más la privacidad. Encuentran divertidas las fotos antiguas de sus abuelos milénicos posando con filtros de animales y animaciones graciosas; las coleccionan como quien estudia jeroglíficos. Saben más de la vida de sus abuelos que de la suya.
El mundo ha cambiado. Pero para los historiadores, entender el tejido social de aquellas primeras décadas del siglo XXI —de esa generación tan vilipendiada como documentada— es sorprendentemente fácil: todo está en los macrodatos.