Imaginemos por un momento VI
Un día, sin razón aparente, dejas de hacer lo que estás haciendo. Permaneces inmóvil, taciturno, y empiezas a escuchar. Las conversaciones que flotan en la cafetería se superponen unas a otras hasta volverse reconocibles: no por su profundidad, sino por su repetición. Pronto adviertes que los temas no nacen ahí; son apenas el eco de las tendencias que pululan en la red. Las palabras giran en círculo, atrapadas en un bucle: sucesos, noticias, trivialidades.
Leer, en cambio, abre grietas. Da sueños y, además, estimula ambos hemisferios del cerebro. Gracias a la lectura podemos reinventarnos, enriquecer nuestro acervo cultural y nuestro lenguaje, afinar la percepción y la comprensión del mundo, crear universos alternos y, en un parpadeo, habitar lugares reales o imaginarios. Leer es también una puerta de escape y un largo etcétera de efectos benéficos. Entre ellos, uno suele pasar desapercibido: la lectura ensancha las conversaciones posibles. Leer es importante para los tiempos que corren y, quizá aún más, para los que vendrán.
Imaginemos ahora un punto Jonbar. En esta línea temporal, las redes sociales nunca llegaron a ocupar un lugar central para encontrar personas afines ni para sostener conversaciones ricas en contenido. Imaginemos también que Aaron Swartz no se suicida el once de enero de dos mil trece. Al seguir con vida, logra materializar varios hitos de uno de sus proyectos más ambiciosos: Open Library.
El sueño es sencillo y, a la vez, radical: una web en la que el lector pueda saltar de libro en libro, de autor en autor, de tema en idea, navegando un vasto árbol de conocimiento. En esta realidad alternativa, Open Library no sólo existe: florece y alcanza un éxito exponencial a partir de la segunda mitad de la década de dos mil díez.
Para Aaron, el proyecto importa porque los libros son nuestro legado cultural. En ellos se depositan ideas, deseos, preguntas e inspiraciones. Que todo ese caudal termine bajo la administración de una sola corporación resulta, cuando menos, inquietante; cuando más, una forma silenciosa de empobrecimiento cultural.
Open Library termina ocupando el espacio que, en otra historia posible, habría correspondido a un pequeño emprendimiento llamado Amazon, fundado por un tal Jeff Bezos, de quien —al día de hoy— poco se sabe y menos aún de qué fue de su vida tras fracasar en su incursión por la red.
En el verano de dos mil dieciséis, Aaron Swartz conoce a Tamas Kocsis, fundador y desarrollador de ZeroNet , una red de internet descentralizada en la que los usuarios se conectan mediante el protocolo peer-to-peer. Se reconocen de inmediato. Comparten una filosofía de vida y una convicción: una web verdaderamente abierta debe ser, al mismo tiempo, más privada, ajena al control corporativo y gubernamental. Para entonces, ZeroNet ya había demostrado su viabilidad técnica y, tras la publicación de su última versión estable en septiembre de dos mil diecinueve, alcanzaba un grado de madurez que permitía imaginar un salto mayor.
A comienzos de la década de dos mil veinte, Open Library y ZeroNet confluyen en un único proyecto: OpenNet. No como fusión empresarial, sino como síntesis de dos intuiciones compatibles. OpenNet nace para tejer redes de comunicación y conocimiento abiertas, libres y resistentes a la censura.
La lectura y la escritura se expanden impulsadas por la comunidad. La interfaz —libre de algoritmos sesgados— es usable, visualmente sobria, educativa y siempre en evolución. No busca retener al usuario, sino acompañarlo. No compite por atención: la respeta.
Con el tiempo, el efecto se filtra hacia la vida fuera de línea. Las conversaciones cambian. El bucle se debilita y, finalmente, se rompe. A la mitad de la tercera década de los años dos mil, las NTIC, gracias a Aaron y Tamas, han puesto en manos de las personas herramientas para leer y escribir más y mejor, para encontrar afinidades reales y sostener conversaciones más profundas y provechosas.
Incluso para nosotros, los lectores —a menudo solitarios, distantes o un tanto asociales—, este mundo resulta habitable. Quizá porque, en el fondo, seguimos necesitando lo mismo de siempre: un libro, una idea compartida y la posibilidad de conversar sin ruido.
Publicado en opennet.bit