Imaginemos por un momento I
Año 2085. Desde hace tiempo, el verbo aprender dejó de significar lo mismo. El conocimiento ya no se adquiere; se instala. La estimulación cerebral artificial, perfeccionada tras décadas de experimentación ética y no tan ética, permite hoy instalar en menos de una hora todo el saber acumulado de una disciplina entera. Aquel grupo de adolescentes que recibió el paquete completo de física cuántica en un centro de neuroinducción de Helsinki lo hizo en 47 minutos. Luego salieron caminando como si nada. Sin celebraciones. Sin exámenes.
Todo empezó sesenta años atrás, en 2025. Eran los albores de una era inquieta. Se hablaba con entusiasmo —y con miedo— de la inteligencia artificial, de redes neuronales, de prótesis cognitivas. Pero todo aún estaba fragmentado. Internet seguía siendo la biblioteca infinita de la humanidad, aunque ya mostraba síntomas de fatiga. La información abundaba; la sabiduría no.
El gran salto físico llegó en 2050, cuando el cuerpo humano comenzó a ampliarse: visión aumentada, articulaciones mejoradas, órganos regenerativos. Luego vendría lo inevitable: la mente. Hacia 2070, las primeras versiones funcionales de conocimiento inducido ya permitían hablar fluidamente lenguas muertas, tocar instrumentos sin haberlos visto antes, o diseñar reactores sin necesidad de ecuaciones previas. Para 2085, las versiones caseras del software de transferencia de saber ya estaban disponibles en cualquier terminal neuroport.
Hoy, los nacidos después del 2060 viven sus primeros diez años sin aprender nada —repositorios vacíos, les denominan—. Al cumplir once, se les elige sus ramas de conocimiento. A los quince, dominan la historia de los sistemas económicos, las estructuras matemáticas, la poesía del siglo XXI y la biomecánica aplicada al vuelo humano. No leen. No investigan. Instalan.
A veces, por entretenimiento, se les induce el módulo arqueología pedagógica, una especie de paseo museográfico por los métodos antiguos de enseñanza. Un grupo mayoritario se ríe cuando ve a sus antepasados memorizando información, subrayando libros, añadiendo notas adhesivas, rindiendo pruebas... Algunos sienten lástima. Otros, una especie de nostalgia inexplicable por aquello que no vivieron.
Y casi todos encuentran hilarante una frase que, poco a poco, fue desapareciendo desde el nacimiento de la Web, y que hoy sólo sobrevive en simulaciones lingüísticas del siglo XX:
«No sé».
P.D. Quizá el “no sé” no era un vacío, sino una posibilidad.