Hoy es una de esas noches de insomnio. He decidido escribir y leer en lugar de tomar pastillas para dormir; odio tomar pastillas. Escribir me ayuda a relajar el cuerpo; leer en papel, a conciliar el sueño.
Antes de comenzar esta historia, estaba recostado en la cama, observando el techo de mi habitación. Pensé: “no recuerdo la última vez que me detuve a observarlo, pues antes de dormir casi siempre hay una pantalla frente a mis ojos —el móvil, la tableta, la televisión—".
Recuerdo que, hace muchos años, observar el techo e imaginar eran una de mis prácticas nocturnas recurrentes. ¡Me encantaba! No sé en qué momento dejé de hacerlo. Imaginaba aventuras fantásticas junto a mis amigos y hermanos. Las aventuras eran hilarantes y, al mismo tiempo, se sentían tan reales.
Quizá el insomnio no sea una falla, sino una invitación: apagar la pantalla, dejar que la habitación vuelva a ser oscura y silenciosa, y permitir que el techo recupere su oficio olvidado: umbral de imaginación.
Techo de concreto. Ahora que te observo, una sola pregunta se impone: ¿por qué dejé de observarte? Eras el umbra a una infinidad de lugares. Te abandoné. Lo siento. Pero descuida, he regresado. No soy el mismo curioso de entonces; he madurado y, con ello, también mi imaginación (aunque fragmentada y golpeada por mis malos hábitos de pantallear, pero aún puede mejorar). Por favor sigue siendo mi umbral a otros lugares. Esta vez prometo quedarme un poco más, hasta que el sueño, como antes, comience con imaginar.