Más allá del horizonte II
Después del “¡Hola, Mundo!”, viene lo gratificante. Escribir en la web es un proceso holístico que permite organizar el fárrago mental producido por el estrés cotidiano, conectar puntos y ampliar horizontes. No solo ofrece una vía para la autoexpresión, sino que también abre una ventana hacia lo que realmente importa. Con el tiempo, y a medida que cada pensamiento plasmado suma un puñado de bits, todo bloguero descubre que una parte de sí se expresa mejor por escrito: una parte que familia o amigos no suelen percibir en actualizaciones de redes sociales, llamadas telefónicas o gestos cotidianos. Al fin y al cabo, la vastedad de la web permite que la escritura revele lo oculto en el pensamiento individual y colectivo.
De algo estoy seguro: los blogs han sido mi refugio durante más de una década. Mi predilección por la escritura web y por la tecnología informática es, en esencia, una historia de desamor. Un escape. Recuerdo con precisión lo que hacía antes de escribir mi primer artículo: subí a la azotea de la casa de mis padres para contemplar el firmamento. Observé las nubes arreboladas, los árboles, las aves; sentí y escuché el soplo del viento. Durante más de una hora me detuve en cada elemento que embellecía ese pequeño paraíso bucólico: las formas, los colores, los aromas… Reflexionaba, también, sobre el hecho de que escribir es como amar: hay que tener ganas. El amor sin ganas es costumbre; escribir sin ganas es mirar el cielo y no describirlo en una hoja en blanco. En un extracto de una entrevista en Le Nouvel Observateur (L’Obs), Marguerite Duras lo expresa magistralmente: "El deseo es una actividad latente y en eso se parece a la escritura: se desea como se escribe, de manera constante".
A pesar de tener una mente atiborrada de información, celebro con alegría una fecha especial: cada nueve de diciembre conmemoro, de forma silenciosa, la publicación de mi primer artículo (ya no existe y no lo archivé 😪) en la blogosfera. Si la memoria no me falla, esta es la primera vez que doy a conocer públicamente esa frugal celebración. Aunque hoy no sea una fecha conmemorativa, me parece un buen momento para hacer una breve retrospectiva desde aquel no tan lejano miércoles nueve de diciembre de 2009.
Han pasado más de dos años desde la última vez que verifiqué el estatus en línea de ese primer texto, con todos los errores propios de un bloguero principiante. Me alegra que se haya tratado de un pequeño hack para mi distribución Linux favorita: Ubuntu. Aunque hoy pueda parecer trivial, me enorgullece haber comenzado con un tema técnico. Siempre me ha motivado experimentar, buscar desafíos y compartir soluciones. Sea como sea, ese primer artículo no permaneció en línea tanto como me habría gustado: desapareció cuando la plataforma en la que lo publiqué dejó de ser rentable. Dudo que pasen otras veinticinco versiones más de mi distribución favorita —que aún uso— antes de que vuelva a escribir algo parecido.
Escribir un blog no ha pasado de moda. Desde el año 2020 he notado un renacimiento de las bitácoras digitales como alternativas más serenas frente a un entorno web ruidoso. Tal vez este resurgir tenga relación con haber permanecido a solas con nuestra soledad en momentos complejos, como durante la emergencia sanitaria a principios de esta década, o con los efectos geopolíticos de las guerras actuales. En tiempos difíciles han sucedido cosas extraordinarias. Por ejemplo, Shakespeare escribió El Rey Lear en cuarentena: su vida, como la de muchos en la Inglaterra de principios del siglo XVII, se vio trastornada por la peste. Durante ese periodo, los teatros de Londres cerraron, y él se enfocó en escribir. Años después, Isaac Newton inventó el cálculo mientras estaba confinado en casa tras el cierre de la Universidad de Cambridge por la misma peste. Fue entonces cuando desarrolló sus trabajos en óptica y matemáticas, y escribió sobre la ley de gravitación universal. Estos ejemplos muestran cómo, incluso en el encierro, la mente humana puede dar forma a ideas extraordinarias.
Así, puede inferirse que los pensamientos emanados del conocimiento, las experiencias y las relaciones se materializan en su forma más vívida mediante la escritura. Gracias a este proceso, los pensamientos se transforman en objetos de arte y comunicación, ya sea por razones correctas, por puro egoísmo, por entusiasmo estético, por impulso histórico, por propósito político o, en última instancia, por el simple arte de hacerlo.
Escribir una bitácora digital no es para blandengues. Más allá de la parafernalia de la web social, quienes hanblogueado saben que es un pasatiempo u oficio exigente. No es tan fácil como parece. Actividades como investigar, leer, planificar y organizar el tiempo resultan agotadoras, aunque gratificantes. Hace algunos años, encontré una serie de dibujos del caricaturista e ilustrador Alex Hughes que retratan las etapas de la vida de un bloguero. Aunque discrepo con su etapa final, me parecen muy acertadas. A mi juicio, la vida de un bloguero se asemeja más a la trama de la película Edge of Tomorrow: escribir, descansar, repetir.
En su artículo Why you (yes, you) should blog, la cofundadora de fast.ai, Rachel Thomas, ofrece varios consejos valiosos para todo bloguero. Tal vez el más relevante sea este: "Estás en la mejor posición para ayudar a la gente que está un paso detrás de ti. El material aún está fresco en tu mente. Muchos expertos han olvidado lo que era ser un principiante (o un intermedio) y han olvidado por qué el tema es difícil de entender cuando lo escuchas por primera vez. El contexto de tu formación particular, tu estilo particular y tu nivel de conocimiento darán un giro diferente a lo que estás escribiendo".
Escribir un blog me sigue emocionando tanto como la primera vez. Con el paso del tiempo he aprendido a restarle importancia a las métricas y sigo convencido de que los blogs constituyen la columna vertebral de Internet, representando los ideales de la web libre.