Webnauta ⁂

La falacia del scroll expedito

Más allá del horizonte III

Una práctica recurrente entre quienes escriben en la web consiste en leer en voz alta sus borradores, adoptando temporalmente la mirada contemplativa del lector. Este ejercicio permite detectar palabras, frases o párrafos que podrían ser reformulados o eliminados. No se trata solo de corregir el estilo, sino de afinar la intención previo a la publicación. Porque quien publica en realidad no espera únicamente atención significativa, sino algo más sutil y profundo: afecto.

Ese afecto —al que podríamos llamar simplemente ‘Amor del Bueno’— puede entenderse desde dos perspectivas. En términos cuantitativos, se manifiesta como una respuesta tangible: aplausos virtuales, fragmentos subrayados, visitas, comentarios, suscripciones, difusión en redes o incluso alguna forma de retribución económica. Pero existe también una dimensión cualitativa, más difícil de medir, donde ese amor no proviene del exterior, sino del propio acto de escribir: en el cuidado con que se da forma a una idea, en la fidelidad a una visión, en el afecto depositado en cada palabra. Es un amor que se sostiene sin necesidad de testigos; una permanencia íntima, un acto de fe en que, alguna vez, alguien podrá leer y reconocer la verdad que ahí quedó cifrada.

Sin embargo, este afecto silencioso encuentra hoy un entorno poco propicio. La relación entre lectura y escritura ha evolucionado con cada avance tecnológico. De la imprenta al hipertexto, cada etapa ha reconfigurado no solo el acto de leer, sino también el de escribir. La web, en su concepción original, era un medio bidireccional: todo lector podía ser también autor. Pero esa vocación expresiva se ha visto erosionada.

Como escribió Hossein Derakhshan en The Web We Have to Save:
"Antes, la web era poderosa y lo suficientemente seria como para que yo terminara en la cárcel. Hoy parece poco más que puro entretenimiento".

Autores como Jeff Jarvis sostienen que el verdadero valor de la web no está en el contenido, sino en la conversación. El contenido —señala— es un concepto heredado de la era de Gutenberg, cuando la comunicación era unidireccional. Otros, como Khoi Vinh, lamentan que el contenido digital se haya convertido en algo eminentemente transaccional: diseñado para convertir, complacer algoritmos o producir métricas, más que para ser leído con profundidad. Lo ambiguo, lo lateral, lo no programático —todo lo que alguna vez hizo valiosa a la escritura en línea— ha sido arrinconado.

A esta transformación se suma la influencia de las plataformas centralizadas. Espacios como Medium —y otros similares— tienden a homogeneizar la forma de escribir, al punto de hacer difícil distinguir entre una voz nacida del deseo de expresión personal y un contenido fabricado para rendir ante los parámetros de distribución algorítmica.

En este contexto, la escritura que no persigue una transacción se vuelve una rareza. Y el acto de leer se convierte, cada vez más, en un ejercicio deliberado, casi una forma de resistencia. No es que los textos hayan perdido valor, sino que las condiciones para leerlos con atención se han deteriorado: notificaciones, anuncios, ventanas emergentes, muros de pago… todo conspira contra la permanencia. El lector se ve obligado a sortear obstáculos que reclaman constantemente su atención.

Herramientas como la vista de lectura simplificada, los bloqueadores de anuncios o las extensiones para eliminar muros de pago no son simples comodidades técnicas: son intentos por recuperar una experiencia más serena. Son, en cierto sentido, estrategias para devolver dignidad a la lectura en la web.

El ‘Amor del Bueno’ —ese afecto tácito entre lector, autor y texto— aún es posible. Pero exige ciertas condiciones: un entorno hospitalario, una disposición receptiva, y, sobre todo, una escritura que no se agote en lo funcional ni en lo urgente.

Thoughts? Leave a comment