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La IA es el diablo

Doceavo día de mayo, sí que vuela el tiempo. La Semana Santa y el fin de semana extendido por el Día Internacional de los Trabajadores terminaron en un parpadeo. Ojalá mi percepción del tiempo fuera como cuando miro Ben-Hur de Charlton Heston durante la semana mayor; esa película dura una eternidad: me duermo, me despierto, me vuelvo a dormir y a despertar, y la trama simplemente no concluye. En fin, estos descansos, más allá de ser útiles para ponerme al día con los quehaceres y mantenimientos de la casa, significaron tiempo de calidad con mis hijas y esposa, visitar a mis padres y suegros, y asistir a la iglesia después de un larguísimo tiempo.

Fue precisamente ese regreso al templo lo que me hizo pensar que, quizás, la IA es el diablo. El título suena inevitablemente a la muletilla de la madre de Bobby Boucher en The Waterboy (El aguador), quien sentenciaba que todo lo que no quería que su hijo experimentara era "el diablo". Y parece que en el Vaticano están empezando a sintonizar la misma frecuencia. Según leí en el boletín de Santi Araújo, el Papa les ha pedido a sus sacerdotes que abandonen la «tentación de preparar homilías utilizando inteligencia artificial». En una reunión a puerta cerrada, les instó a no perder la "capacidad muscular" del cerebro, lo que me hace sospechar que el Sumo Pontífice ve en la tecnología una presencia casi demoníaca. Quizá la de Naberius, ese marqués del infierno de voz ronca y elocuencia sin igual que enseña artes y retórica a quien lo invoca; básicamente, el antepasado espiritual de un modelo de lenguaje con buen marketing.

Esta advertencia sobre la "pereza cerebral" me trajo un recuerdo de hace un par de años, cuando me invitaron a un servicio en una iglesia protestante. Allí, el pastor se despachó una combinación ampulosa —qué digo ampulosa, un batiburrillo digno de estudio— donde mezcló una síntesis de la Modernidad Líquida de Bauman, pasajes del Éxodo y, para cerrar con broche de oro, algunas escenas de Avengers: Endgame. Lo confieso: aunque en su sarta de paparruchas no había por dónde tomar la lógica, logró captar la atención de todos los que estábamos allí.

Y aquí es donde le doy la razón al Papa. Si ese pastor hubiera usado ChatGPT, Gemini o Claude para redactar su sermón, probablemente habría entregado una pieza coherente, teológicamente correcta y soberanamente aburrida. Le habría faltado esa maravillosa y a veces absurda capacidad humana de conectar puntos inconexos para crear algo que, al menos, te mantiene despierto en el espacio dedicado a la prédica. Al final del día, prefiero mil veces un delirio humano que junte a Thanos, Moisés y a Bauman, que la perfección estéril de un algoritmo que no sabe lo que es el aburrimiento, pero tampoco sabe lo que es la fe... o una buena película para dormir de cuatro horas de Charlton Heston.

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