El 17 de febrero de 2006 apareció The Last Job on Earth, un cortometraje que planteaba un escenario inquietante: un futuro donde la automatización y la inteligencia artificial han asumido la mayor parte de las tareas laborales, relegando a los seres humanos al papel de espectadores de un sistema que ellos mismos construyeron. Lejos de presentar un mundo armonioso y liberador, la pieza intentó mostrar la otra cara de la automatización: desigualdad, desplazamiento y una sensación persistente de desamparo. Alice, la protagonista —la última persona que conserva un empleo “tradicional”— se desplaza por una ciudad impecablemente gestionada por máquinas, mientras a su alrededor se acumulan las señales de un tejido social fracturado. La abundancia existe, pero su distribución es profundamente desigual.
Meses antes, el 6 de octubre de 2015, Stephen Hawking había advertido sobre esta tensión emergente: “Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyan las cosas. Todos podrían disfrutar de una vida de ocio y lujo si la riqueza generada por las máquinas se comparte, o la mayoría podría terminar en una profunda pobreza si los propietarios de las máquinas se oponen a la redistribución. Hasta ahora, la tendencia parece inclinarse hacia esta segunda opción, con la tecnología empujándonos hacia una desigualdad cada vez mayor”.
En contraste con la visión utópica —esa donde la automatización impulsa a la humanidad hacia un nuevo capítulo de creatividad, bienestar y propósito— el cortometraje funciona como un recordatorio de que la técnica, por sí sola, no garantiza prosperidad compartida. El progreso puede convertirse tanto en una palanca de abundancia como en una maquinaria de exclusión, dependiendo de las decisiones sociales, políticas y éticas que lo acompañen.
La tecnología continúa avanzando, la automatización se acelera y, mientras tanto, las sociedades aún debaten cómo adaptarse a este nuevo equilibrio. A la luz del auge exponencial de la IA y la robótica tras 2016 —y ante la creciente concentración de capital y poder en las Big Tech— la cuestión central ya no es si es posible producir abundancia material. La verdadera pregunta es otra: ¿podrán la sociedad, la política y un nuevo modelo económico diseñar los mecanismos de distribución capaces de alejar el futuro de la advertencia de Hawking y acercarlo, en cambio, a la promesa utópica de la automatización para todos?