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Los libros que leían

Imaginemos por un momento II

Érase una vez, en las primeras décadas del siglo XXI, una civilización que produjo más libros de los que podía leer. Con el paso del tiempo, los libros —y los dispositivos que los albergaban— evolucionaron más rápido que los propios lectores. La memoria de esos aparatos superó con creces a la de la antigua Biblioteca de Alejandría.

La tecnología aprendió a observar a quienes leían. Reconocimiento facial, sensores biométricos, inteligencia artificial... Todo servía para saber más: qué frase aceleraba el corazón, qué párrafo arrancaba una sonrisa o una lágrima, qué capítulo provocaba enojo o asombro. Cada gesto era medido, almacenado, interpretado.

Así fue como los libros comenzaron a leer mientras eran leídos.

Los lectores de siempre —apasionados, de casta— seguían olvidando gran parte de lo que leían. Pero las grandes compañías que vendían libros jamás olvidaban nada. Sabían exactamente qué recomendar, cuándo hacerlo y a quién, para que nadie dejara de comprar. Descubrir se convirtió en recomendar.

Y al final, los libros supieron leer mejor a los lectores que los lectores a ellos.

Sabían con inquietante precisión quién los sostenía entre las manos.

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