IV. Comprendiendo la privacidad
Tomando como punto de partida los dos atributos fundamentales de la privacidad —la invisibilidad y la autonomía— puede inferirse que, hoy en día, los desafíos que plantea su pérdida son especialmente complejos. La vigilancia basada en el procesamiento masivo de información nos mantiene constantemente controlados, observados, examinados, evaluados, valorados y juzgados. Hasta los detalles más insignificantes de nuestra vida se integran en bases de datos para ser procesados, analizados y relacionados con otros datos.
La clasificación social —normalmente orientada al consumo— es uno de los primeros resultados de esta vigilancia, para bien o para mal. Si las antiguas bases de datos ya apuntaban en esa dirección, la irrupción de "Los Cinco Grandes" deja claro cuál es la situación actual. Además, quienes son vigilados suelen cooperar voluntariamente con los vigilantes: al usar el móvil, comprar en centros comerciales, viajar, buscar ocio o navegar por internet. Bauman y Lyon señalan en Vigilancia Líquida que, probablemente, además de sacrificar nuestra privacidad por voluntad propia, también aceptamos su pérdida porque nos parece un precio razonable a cambio de las maravillas tecnológicas que recibimos.
En su conversación, Lyon subraya —y Bauman coincide— que se acepta mayoritariamente que la vigilancia es una dimensión central de la modernidad. Esta normalización resulta crítica: aunque la pérdida de privacidad sea lo primero en lo que pensamos, puede que no sea el impacto más significativo. Problemas como el anonimato, la confidencialidad o la imparcialidad se entrelazan con cuestiones más amplias: justicia, libertades civiles y derechos humanos.
La razón primordial para recurrir a la vigilancia es la seguridad. Sin embargo, para Bauman y Lyon, la seguridad se ha convertido en un negocio que promete controlar el futuro mediante técnicas digitales y lógica estadística (y ahora también IA). Aquí surge la gran paradoja de nuestra época saturada de dispositivos de vigilancia: estamos más protegidos que cualquier generación anterior, pero ninguna generación previa experimentó una sensación de inseguridad tan constante como la nuestra. La elección, finalmente, parece estar entre seguridad y libertad: necesitamos ambas, pero no podemos obtener una sin ceder parte de la otra. Creer que sin vigilancia no hay seguridad es el germen de la ética crítica del cuidado, que pretende demostrar sus efectos y límites.
Partiendo de la definición común de información —datos con sentido— no sabría decir en qué momento me volví celoso de mi información personal e impersonal. Es probable que admirar a figuras como Edward Snowden o Yasha Levine —ambos críticos de la vigilancia masiva aunque con perspectivas divergentes— influyera en mi forma de pensar. Tampoco recuerdo cuándo los productos y servicios de "Los Cinco Grandes" dejaron de impresionarme. Quizá influyeron las dudas que me despertaron el experimento de Kashmir Hillo las lecturas de Zuboff, Levine, Peirano y Bauman, que aumentaron mi preocupación por el poder que hemos concedido a MAMAA.
Decir adiós a "Los Cinco Grandes" es casi como despedirse del primer amor que vive en la misma cuadra: por más que quieras alejarte, siempre estará cerca. Tampoco recuerdo cuándo dejé de sentir que me estaba perdiendo algo importante por no estar conectado. Quizá influyó mi faceta de padre primerizo o la alta latencia del paraíso bucólico en el que vivo. Puede que las redes sociales y otros servicios de internet dejaran de serme útiles por dejarme arrastrar por la moda de la privacidad. O tal vez siempre fui más asocial de lo que creía. O, quién sabe, quizá la explicación más extraña sea la más certera: el libre albedrío es un mito; es muy probable que un algoritmo haya influido en mí, sesgando mis pensamientos, elecciones y actos.
A veces pienso que mi periplo digital ha llegado a su fin. Y, como en todo viaje largo, decir adiós es complicado.
"Abandono la lucha: que venga el final, una intimidad, un rincón oscuro para mí. Que me olviden todos, incluso Dios".
—Robert Browning, Paracelso (1835)
La cita de Browning es fascinante: concisa, cargada de sentido, y una invitación a reflexionar sobre la importancia —y la necesidad— de una vida privada y anónima. En el argot contemporáneo: ser un paria del flujo de datos, un hereje del dataísmo.
Decir adiós a mi vida digital me resulta casi imposible. Tal vez la solución sea adoptar una vida digital asíncrona: alejada de la tecnología conspicua; un regreso a la "Internet artesanal", a la "Web lenta"; una vida digital mediada únicamente por un ordenador de sobremesa. Han sido más de veinte años en este periplo digital. Quizá lo correcto, como en la vida real, sea madurar: dejar de ser un niño ansioso e ingenuo y actuar con mayor cautela.
Sí, es la respuesta de un blandengue. Lo políticamente correcto. Lo que el sistema de vigilancia masiva espera de nosotros: docilidad borreguil. Seguir creyendo en un panoptismo disfrazado de sinóptico benévolo y desinteresado, socialmente positivo, que actúa en nombre de la solidaridad.
Siguiendo la lógica de Bauman, dependemos de unos pocos individuos especialmente rebeldes, atrevidos y resueltos, dispuestos a resistirse a entregar nuestra autonomía personal. Individuos que valoren los atributos de la privacidad, aun a costa de ser excluidos, relegados o sospechosos de crímenes que no cometieron. Individuos contra la norma: contra la desnudez física, social y psicológica que se nos exige.
Porque, como apunta David Lyon, "en un giro de 180 grados respecto a los hábitos de nuestros antepasados, perdimos la valentía, la energía y, sobre todo, la voluntad de seguir defendiendo 'quién y qué soy', esos fundamentos insustituibles de la autonomía individual".