Webnauta ⁂

Modas algorítmicas

Imaginemos por un momento VII

Los seres humanos somos sociales por naturaleza: estamos hechos para encajar y agradar. Desde tiempos inmemoriales, ambas tareas han sido complejas incluso en comunidades pequeñas. Hoy, bajo la influencia de las redes sociales, esa complejidad ha alcanzado niveles estratosféricos. No encajar ni agradar en una comunidad global puede conducir a la depresión, la furia, la frustración e incluso a una alienación más profunda.

A modo de ejercicio hipotético, y tomando como punto de partida el argumento de Baruch Spinoza —según el cual el libre albedrío no es más que una ilusión producida por nuestro limitado entendimiento de las causas que determinan nuestra conducta—, imaginemos por un momento: después de veinte años te reúnes con uno de tus mejores amigos de la infancia para beber un par de cervezas. Tras el apretón de manos, la mirada escrutadora y el abrazo fraternal, adviertes que luce una espesa barba campirana, un sinfín de tatuajes hasta en el rincón más visible de su piel, una estética que remite a Bad Bunny y una jerga moldeada por las tendencias del momento.

Durante las dos horas y fracción que dura la conversación, tu amigo no deja de mirar su teléfono ni de responder cada notificación que emana de su dispositivo. El hartazgo comienza a asomarse. Como buen ketabkhan —“lector de libros”, en persa— respiras hondo y recuerdas que, apenas dos semanas antes, leías la primera razón del decálogo expuesto por Jaron Lanier en Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, donde advierte sobre la erosión del libre albedrío provocada por las redes sociales. Cuando tu amigo toma el móvil por vigésima vez, decides interrumpirlo para compartirle algo de lo aprendido.

Le dices que intentarás explicarlo en “baits” sonoros, para no aburrirlo: en estos tiempos —añades con ironía— si algo no puede resumirse en dos líneas, nadie lo entiende. Entonces le expones una opinión impopular que circula en redes: que las modas —las barbas, los tatuajes, ciertas estéticas— evidencian que el libre albedrío es un mito; que, en la actualidad, muchas tendencias no emergen espontáneamente, sino que son el resultado de algoritmos que nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

Percibes en su rostro una mezcla de desinterés y fastidio, pero continúas. Le explicas que la presión social ya no es la misma que experimentaban cuando eran niños; que, desde los primeros años de este siglo, el apareamiento entre código y psicología conductista ha permitido fabricar presión social de manera artificial. Sin embargo, tu amigo apenas escucha el murmullo de tu voz: su atención permanece atrapada en esa cronología saturada de estímulos y digresiones que consulta a cada instante.

Antes de que se levante bruscamente y te lance una retahíla de exabruptos, alcanzas a decirle que quizá debería considerar una posibilidad incómoda: que tal vez no sea tan libre como cree; que podría estar movido por hilos invisibles, diseñados por ingenieros que convirtieron los hallazgos de conductistas como Iván Pávlov en un negocio rentable basado en el intercambio constante de estímulos por atención y consumo publicitario…

Thoughts? Leave a comment

Comments
  1. matizeta — Mar 6, 2026:

    Muy bueno lo que escribiste. No sé si habrá sido real el encuentro con tu compañero pero que momento desperdiciado que luego de tanto tiempo sin verse se lo pierda mirando el móvil.

  2. webnautaMar 9, 2026:

    Gracias Matizeta. La historia es en parte real y en parte ficción, pero en ambos casos es desagradable la situación. Ante un escenario similar, lo mejor es marcharse sin decir nada y cortar lazos. Saludos.