Más allá de este búnker —resguardado por trincheras de letras y silencios deliberados— se extiende un territorio de bullicio y desenfreno. De ese lugar efervescente rara vez llegan noticias que merezcan reposo; casi todo ocurre a la velocidad del olvido. Sin embargo, esta vez cruzó la frontera un relato que me ha obligado a "detenerme a oler las flores".
Una joven relata, con una mezcla de coherencia y amargura, la frustración que le provoca su precaria situación laboral. Por un instante, el ruido parecía haberse replegado para dejar paso a una voz que exigía ser escuchada:
“Trabajo de forma presencial y me lleva una eternidad llegar allí. No tengo tiempo para hacer nada. Quiero ducharme, cenar, irme a dormir. Tampoco tengo tiempo ni energía para preparar la cena. No tengo energía para hacer ejercicio, eso se va por la ventana. No tengo tiempo para nada y estoy muy estresada”. —Brielle Asero
https://www.tiktok.com/@brielleybelly123/video/7291443944347405614
Más allá de los aplausos, el ninguneo o el chisme —siempre listos ante este tipo de confesiones— su relato me incomodó por una razón más íntima: me recordó demasiado a mi yo del pasado: tres horas para llegar al trabajo, dos para regresar a casa. Un cansancio que no era sólo físico, sino existencial. A veces me sentía vacío, sin ánimo ni propósito. Siempre con sueño. Y, paradójicamente, luchando por mantenerme despierto en la noche para reclamar un mínimo espacio de libertad: 報復性熬夜.
Ese relato también me hizo más sensible a cierta frase que suele pronunciarse cuando alguien expresa su hastío laboral: “pero gracias a Dios hay trabajo”. Lo que escucho detrás de esas palabras es otra cosa: "no importa lo que haga o me hagan hacer, debo estar agradecido porque no tengo alternativa". Una resignación devota que recuerda los lemas de obediencia y agotamiento del caballo Boxer en Rebelión en la granja: “trabajaré más duro” y “Napoleón siempre tiene razón”.
Quizá quienes pueden renunciar sin que el mundo se derrumbe bajo sus pies no sientan la urgencia de estas críticas. Enhorabuena por ellos. Pero para muchos otros, la conversación es necesaria. Vivimos en un sistema que exige producir más, medir más, optimizar más. A veces sospecho que la promesa de la inteligencia artificial y la robotización no es liberarnos del trabajo, sino perfeccionar la presión: competir incluso contra las máquinas, por la misma remuneración y con menos margen de error. La productividad ya no es una meta alcanzable; es un umbral que se desplaza cada vez que creemos haber llegado.
Que alegre haber encontrado esta conversación.