I. Comprendiendo la Privacidad
Mi bebita nonata, además de ser tu ayo, seré tu protector nato —dentro y fuera de línea—. Prometo resguardarte de los fotógrafos aficionados que no pueden tener un dispositivo en las manos y un bebé frente a los ojos, los mandaré a comer abrojos. Protegeré tu privacidad hasta que seas independiente. No permitiré que tus fotos privadas o comprometedoras terminen alojadas en los servidores de corporaciones que lucran con los datos, ni en los dispositivos de quienes desconocen siquiera qué son los metadatos.
Recuerdo con nitidez el día en que escribí esas líneas: quince de diciembre de dos mil dieciocho (15/12/2018), el mismo día que nació mi hija mayor. Durante aquel fin de semana anoté fragmentos de ideas dispersas que cruzaban mi mente. Probablemente eran el resultado de la ansiedad, del desvelo, de esa mezcla de asombro y miedo que acompaña a los primeros días de paternidad. Los que son padres lo entenderán.
Siempre he considerado un tanto desatendidos a los padres que publican las fotos de sus hijos desde el vientre, sin reparar un instante en la privacidad. La manera en que reaccionan mis amigos y compañeros de trabajo cuando surge el tema suele resultarme, cuando menos, hilarante: me tildan de paranoico, envidioso o asocial por no compartir mi vida privada. Al parecer, a ojos de los demás —y quizá de la sociedad entera—, el que está mal soy yo. Lo “normal”, si así puede llamarse, es que la vida privada haya dejado de serlo, al menos en línea.
Casi siete años después del nacimiento de mi hija mayor, puedo decir con propiedad que continuar con mi misión no ha sido sencillo. Ser “el guardián de la privacidad” a tiempo completo ha resultado agotador. A veces frustrante. Pero la comprensión de mi esposa —cada vez más consciente— y el carácter algo esquivo de mis hijas suavizan esa carga. La privacidad, después de todo, no es solo un asunto personal: también es un acto de respeto hacia quienes amamos.
He puesto todo mi empeño en evitar que mis hijas, la mayor y ahora también la menor, sean fotografiadas a diestra y siniestra, y en impedir que sus imágenes circulen por los servidores de Mark Zuckerberg o reposen en los servidores de Google o Amazon. Resulta tedioso pedir, con amabilidad, a un familiar o conocido que se abstenga de tomar o compartir fotografías de mis hijas; en la mayoría de los casos, se lo toman como una ofensa, sin comprender el fondo de la petición.
Quizá esta historia se perciba como una versión adulta de bloquear contenido no apto para niños —una suerte de “no permitir ver Peppa Pig”—. No obstante, la analogía de Lorena Fernández —sobre poner persianas en nuestros hogares, tanto analógicos como digitales— me resulta mucho más certera. Vivimos en una época en la que nos han hecho creer que la privacidad es patrimonio de quienes tienen algo que ocultar. O, como escribió hace algunos años el director ejecutivo de Google, Sundar Pichai: “[…] cada quien define la privacidad a su manera”. Y, al igual que al decidir qué dibujos animados pueden ver tus hijos o si colocar o no persianas en casa, todo parece reducirse a gustos y preferencias.
Somos libres de elegir si formar parte o no del flujo de datos. No obstante, creo firmemente que los niños tienen derecho a una vida privada, tanto fuera como en línea. Derecho a no ser expuestos desde una edad en la que aún no pueden decidir por sí mismos. En lo personal, aunque sea complejo, procuraré que la vida de mis hijas esté lo menos expuesta posible. No quiero que, años más tarde, me lo reprochen. Espero ser un buen ayo en este sentido, para que el día de mañana ellas sean más cautas que los adultos del presente.
Amar a un hijo empieza por respetar su privacidad.