II. Comprendiendo la privacidad
Yuval Noah Harari concluye su libro Homo Deus con tres interrogantes clave que espera permanezcan en la mente del lector mucho después de haberlo terminado:
- ¿Son en verdad los organismos sólo algoritmos y la vida únicamente procesamiento de datos?
- ¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia?
- ¿Qué ocurrirá con la sociedad, la política y la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes, pero altamente inteligentes, nos conozcan mejor que nosotros mismos?
Según Harari, estas tres preguntas derivan de procesos interconectados y de una cuestión más amplia: ¿a qué debemos prestar atención? En un mundo que cambia más rápido que nunca, saturado por cantidades imposibles de datos, ideas, promesas y amenazas, los seres humanos enfrentamos un fenómeno que Gonçal Mayos denomina proceso malthusiano del conocimiento. En su ensayo La sociedad de la incultura, Mayos explica que este proceso ocurre cuando el crecimiento hiperbólico de la información generada colectivamente supera con creces el incremento meramente aritmético de las capacidades individuales para procesarla.
"Ni que fueras tan importante"
El año pasado —no recuerdo la fecha exacta—, durante el almuerzo en la sala de reuniones, un grupo de compañeros conversábamos sobre diversos temas. En medio de aquel intercambio, uno de ellos compartió una anécdota particularmente interesante.
Relató un episodio incómodo que vivió al contar a sus amigos que, por primera vez, vivía solo en su nuevo apartamento. Uno de ellos le pidió una copia de la llave “por si algún día necesitaba un lugar para hacer fiestas o concretar alguna cita amorosa y efímera”. Mi compañero respondió con un rotundo “no”, agregando: “mi apartamento es privado”. Su amigo, ofendido, replicó: “ni que fueras tan importante”. La historia continuó —omitamos los exabruptos— hasta el momento en que, finalmente, mi compañero accedió a entregar la llave con la condición de que todo quedara en su lugar. Su amigo aceptó, enfatizando la condición.
Una situación similar se da hoy entre las compañías tecnológicas y los usuarios comunes. Si imaginamos que el apartamento representa los datos y metadatos , mi compañero es el usuario , la llave del apartamento la clave de cifrado , y su amigo las compañías tecnológicas , las respuestas de cada uno reflejan la tensión entre privacidad y control.
Al igual que mi compañero con su apartamento, los usuarios valoran su privacidad no sólo por protección, sino por dominio sobre su propio espacio digital. Es cierto que las empresas tecnológicas hacen “cosas divertidas” con los datos —como el amigo en el apartamento—, pero, al entregar la llave de su intimidad sin entender del todo lo que sucede dentro, los usuarios ceden su autoridad a terceros.
Objetos para extraer materia
Retomando una de las preguntas planteadas por Harari —¿son los organismos sólo algoritmos y la vida sólo procesamiento de datos?—, surge un análisis revelador: las compañías tecnológicas utilizan a los usuarios como materia prima para fabricar productos predictivos.
Shoshana Zuboff, en su libro The Age of Surveillance Capitalism, sostiene que la llamada “economía de la vigilancia” se basa en principios de subordinación y jerarquía: no existe reciprocidad entre empresas y usuarios. La autora explica que ya ni siquiera somos el “producto” que Google vende —como se solía decir—, sino los objetos cuya materia se extrae e inyecta en las fábricas de inteligencia artificial que elaboran los productos predictivos comercializados a los verdaderos clientes: las empresas que pagan por competir en los nuevos mercados del comportamiento.
La mayoría de los problemas y críticas actuales sobre privacidad se relacionan con el ámbito digital, especialmente con la Web y con Internet. Sin embargo, sólo en contadas ocasiones se analizan sus implicaciones en el mundo analógico, donde también se reflejan.
Marta Peirano, autora de El enemigo conoce el sistema, fue consultada en una entrevista sobre si existe alguna forma de pasar inadvertido y evitar la recopilación y sistematización de datos personales. Su respuesta fue contundente:
Probablemente no. Antes podías elegir abandonar los dispositivos que te vigilan —como el móvil— o estar en un espacio sin cobertura, pero ahora la red de vigilancia ha escalado a sistemas de reconocimiento facial y satélites que funcionan como el ojo de Dios. No hay monte al que no lleguen. Estamos en esa fase en la que renunciar a la tecnología no implica dejar de ser vigilados.
Conviene recordar que la historia del capitalismo ha consistido, en buena medida, en captar elementos ajenos a la esfera comercial para transformarlos en mercancía. La privacidad, lamentablemente, no ha sido la excepción.