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Sobre guardar fotografías

Me gusta utilizar servicios en línea durante períodos prolongados. Para ser honesto, me resulta engorroso andar brincando de plataforma en plataforma; eso de andar “a tuto con mis cachivaches” termina siendo un lastre, sobre todo por el tiempo que exige buscar alternativas, compararlas y, finalmente, migrar información. Ese tiempo —cada vez más escaso— rara vez vuelve con intereses.

Pagar por un servicio en línea ha sido, para mí, un proceso largo y lleno de recelos. Desde tiempos inmemoriales he desconfiado de alojar mi información en la computadora de alguien que no conozco. Sin embargo, por exigencias laborales, no me ha quedado más remedio que dar el brazo a torcer. En el ámbito personal ocurrió algo similar: la necesidad de compartir información de forma sencilla con mi esposa y mi familia terminó por convencerme.

Durante muchos años utilicé Google Fotos como aplicación predeterminada para guardar y compartir imágenes. Funcionó bien, o al menos eso creí, hasta que las actualizaciones recientes comenzaron a incomodarme más de lo que estaba dispuesto a tolerar. Fue entonces cuando opté por migrar a Ente Photos. No me interesa entrar en el debate de cuál opción es mejor desde un punto de vista técnico; lo que me mueve aquí es reflexionar sobre el proceso mismo de migrar fotografías, un proceso que, por cierto, me ha tomado mucho más tiempo del que había previsto.

Calidad y sentimiento sobre la cantidad

Después de utilizar dos aplicaciones para analizar casi 90 GB de información y eliminar fotografías y videos duplicados o similares —sin desmerecer, por supuesto, el criterio “a ojo de buen cubero” para detectar aquello que los algoritmos no alcanzan—, llegué a una conclusión que podría resumirse en una máxima ampliamente difundida: «Toma recuerdos, no fotos».

La acumulación indiscriminada de imágenes crea una falsa sensación de resguardo. Creemos que, por tener miles de fotografías, estamos preservando nuestra memoria, cuando en realidad la estamos diluyendo. En contraste con la letra de la popular canción “DtMF” de Bad Bunny (cuya música no es de mi agrado), lo verdaderamente importante no es documentarlo todo, sino vivirlo. Carpe diem: estar presente, no detrás de una lente, archivando momentos que quizá nunca volveremos a mirar con atención.

No guardes lo ajeno

Durante la depuración me encontré con una infinidad de recuerdos ajenos: fotografías de gente conocida, sí, pero también de personas que no sé quiénes son ni por qué están ahí. Mi primer impulso fue eliminar todo, a diestra y siniestra, aquello que no tenía relación directa con mis recuerdos. Sin embargo, opté por una solución más cuidadosa: crear archivos comprimidos por persona conocida y enviarlos por el medio más conveniente.

Fue un ejercicio curioso. Separar lo propio de lo ajeno es también una forma de reconocer límites, incluso en la memoria digital.

No mezcles tus recuerdos en lo ajeno

Reconozco que aquí hubo un error de mi parte. No supe utilizar adecuadamente Google Fotos al momento de compartir y guardar imágenes, y ese descuido desembocó en los problemas descritos anteriormente. Las configuraciones importan, y mucho. Si no se desea que las fotografías terminen en espacios ajenos —o que recuerdos personales se mezclen con los de otros—, conviene entender y ajustar bien las reglas del juego desde el inicio.

La tecnología no suele perdonar la improvisación prolongada.

Guardar recuerdos implica guardar metadatos

Los metadatos son útiles, casi invisibles, pero fundamentales. Gracias a ellos es posible saber cuándo y, a veces, dónde fue tomada una fotografía. En algún momento de la segunda década de los 2000 tuve un frenesí obsesivo por la privacidad y borré los metadatos de una cantidad absurda de imágenes. Hoy, ya entrados mis cuarenta, me enfrento a las consecuencias: no recuerdo el momento exacto en que tomé muchas de esas fotografías.

Fue, sin exagerar, un error garrafal. Al borrar los metadatos no protegí mi privacidad; amputé una parte de mi memoria.

No mezcles recuerdos con memes

Permitir que la copia de seguridad incluya carpetas de aplicaciones de mensajería instantánea o redes sociales solo empeora las cosas. Memes, capturas de pantalla irrelevantes y contenido efímero terminan enterrando aquello que sí importa. No todo merece ser conservado. Saber qué excluir es tan importante como decidir qué guardar.

No confíes en tu memoria, haz álbumes

Este punto está íntimamente ligado al de los metadatos. En algunas fotografías llevo la misma ropa y, honestamente, no recuerdo cuándo fueron tomadas. Organizar álbumes, añadir descripciones y conservar los datos originales no es un acto de obsesión, sino de previsión. De lo contrario, los efectos del “alemán” —ese olvido progresivo y traicionero— se hacen notar antes de lo esperado.

Ordenar las fotografías es, en el fondo, una forma de ordenar la vida.


Concluyo con una frase que merece ser releída con calma:

"Coleccionar fotografías es coleccionar el mundo".
— Susan Sontag, Sobre la fotografía

Tal vez por eso conviene preguntarse qué mundo estamos coleccionando… y para quién.

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