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Tiempo para hacer de todo menos pensar

Cuando un científico eminente pero anciano afirma que algo es posible, es casi seguro que tiene razón. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado. — Sir Arthur Charles Clarke

Hay intuiciones que, como el vino, mejoran con el paso del tiempo. No requieren grandes elucubraciones: basta con entender el pulso de su época y expresalo con palabras sencillas. Algo así ocurre con lo que escribió David Brooks el 29 de abril de 2001 en Newsweek sobre la "sobreconexión" titulado Time To Do Everything Except Think. Brooks no era un científico ni, en aquel entonces, un anciano. Pero acertó con una puntería que hoy, más que nunca, da en el blanco.

Brooks —autor de The Road to Character, The Social Animal y Bobos in Paradise, How to know a person, entre otros títulos— esbozó un retrato que, leído en 2026, parece más crónica que profecía: el de la mujer y el hombre inalámbricos.

En alguna parte encima del dosel de la sociedad, camino de donde viven las personas normales, habrá personas que pronto vivan en un estado inalámbrico perfecto. Tendrán teléfonos móviles que descargarán ficheros de Internet, comprobarán resultados deportivos y el precio de las acciones. Dispondrán de Palm de bolsillo que reproducirán música, transferirán fotos y obtendrán la lectura del Sistema de posicionamiento global. Tendrán computadoras portátiles donde visualizarán películas, escucharán los partidos de béisbol y comprobarán el inventario de la planta. En otras palabras, cada dispositivo que tengan realizará todas las funciones de todos los demás dispositivos que posean, y podrán hacerlo en cualquier lugar, cuando quieran. La mujer inalámbrica realizará todo el trabajo de un día en la playa, con su bikini: su asistente digital personal cuenta con una pinza para el cinturón, de modo que lo puede llevar puesto cuando vaya por su piña colada. Sus teléfonos emiten una señal sonora, sus buscas encienden luces rojas; cuando se disparan parece una máquina arcade. El hombre inalámbrico podrá ponerse su ropa interior, subirse a su SUV y lanzarse hasta la cima de una montaña de Colorado. Allí estará con su dispositivo MP3 y sus prismáticos disfrutando de la vista mientras efectúa una llamada-conferencia al grupo de ventas y juega a Mega-Death con jugadores de Tokio y Sidney. Será suficientemente inteligente para tener a mano baterías de litio bastante diminutas para aguantar semanas. Está esperando que se desarrolle una computadora portátil llena de helio que realmente pesaría menos que nada, y si pudiera inflar una muñeca hinchable, nunca tendría que bajar. Así pues, allí está sentado, en total libertad en esa cima de Rocky Mountain. El cielo es azul. El aire es fresco. Entonces suena el teléfono. Su ayudante quiere saber si quiere cambiar al transportista nocturno de la empresa. Apaga el teléfono para poder disfrutar de un poco de felicidad espiritual. Pero primero está su computadora portátil. Quizá alguien le ha enviado un e-mail importante. Lucha contra su conciencia. Su conciencia pierde. Después de todo, es tan fácil chequearlo… Nunca estar fuera de contacto significa nunca estar evadido. Pero el problema del hombre inalámbrico será peor que esto. Su cerebro se habrá adaptado el tiempo de la vida inalámbrica. Cada 15 segundos hay una nueva cosa a la que responder. Pronto tendrá esta pequeña máquina rítmica en su cerebro. Hace todas las cosas rápidamente. Responde a los e-mails rápida y descuidadamente. Se compra las máquinas más rápidas y ahora la idea de esperar a que algo se descargue es un insulto personal. Su cerebro está funcionando al máximo de rpm. Se sienta en medio de la grandeza de la naturaleza y dice: «Es bonito. Pero no se mueve. Me pregunto si tendré nuevos mensajes de voz». Es adicto al flujo perpetuo de las redes de información. Él ansía su siguiente dosis de datos. Él es un fenómeno de la velocidad, un drogadicto de la información. Quiere ir más despacio, pero no puede. Los empresarios de ahora viven en un mundo excesivamente comunicado. Hay demasiados sitios web, demasiados informes, demasiados bits de información reclamando su atención. Los que más éxito tienen se ven obligados a ser los más hábiles con el machete en esta selva de comunicación. Recortaron cruelmente del todo los datos extraños que les invadían. Aceleran sus tareas para poder cubrir tanta tierra como sea posible, respondiendo a docenas de emails de una sentada y pasando de otras cuantas docenas más. Después de todo, la principal escasez de su vida no es el dinero; es el tiempo. Preservan cada precioso segundo, del mismo modo que un viajero por el desierto conserva su agua. El problema con todo esto es la velocidad y la energía frenética que se gasta utilizando el tiempo eficazmente, es lo que mina la creatividad. Después de todo, la creatividad es algo que normalmente ocurre mientras usted está haciendo otra cosa: mientras se encuentra en la ducha su cerebro tiene tiempo de crear extrañas conexiones que conducen a nuevas ideas. Pero si su cerebro siempre está en multitarea, o respondiendo a interrogantes tecnológicos, no hay tiempo ni energía para una jugada mental sin dirección. Además, si está consumido por el mismo bucle de información que circula alrededor de todos los demás, no tiene nada que le estimule a pensar de forma diferente. No tiene tiempo de leer un libro de historia o de ciencia que pueden incitarle a ver su propio negocio bajo una luz nueva. No tiene acceso al conocimiento inesperado. Simplemente es barrido por la misma corriente estrecha que los demás, que es rápida pero no profunda. Así es cómo voy a hacerme rico. Voy a diseñar una máquina del placebo. Será un pequeño dispositivo con reconocimiento de la voz y todo lo demás. Las personas inalámbricas podrán conectarse y el dispositivo les dirá que no tienen mensajes. Después de un rato, se acostumbrarán a no tener mensajes. Podrán experimentar la vida en lugar de la información. Podrán reflexionar en lugar de reaccionar. Mi máquina ni siquiera necesitará baterías.

En mi pueblo, a alguien que escribe así lo llamarían "Sajorín": quien predice con una claridad que roza la impertinencia.

Hace algunos días, al releer el artículo contracorriente de Brooks, me surgieron dos preguntas: ¿Son realistas la mujer y el hombre inalámbricos? ¿La velocidad y la eficacia minan la creatividad?

Una reflexión prematura me lleva a afirmar, con absoluta convicción, que la mujer y el hombre inalámbricos no sólo somos reales, sino que la tecnología ya consume nuestra atención de forma exponencial; que somos incapaces de vivir sin dispositivos inteligentes, Internet, redes sociales y aplicaciones, incluso para las tareas más simples. Además, la obsesión por la productividad —hacerlo todo rápido y eficazmente— está erosionando la capacidad de crear, formular y proyectar ideas; sin tiempo para pensar, terminaremos convertidos en masas fascinadas por la inmediatez, sumidas en un consumismo alienante, creyendo que las máquinas hacen todo mejor que nosotros.

Han pasado los años. La velocidad ha aumentado. Los dispositivos se han vuelto más ligeros, más potentes, más íntimos. La distancia se comprimió hasta caber en la palma de la mano. La llamada vibra en la muñeca. La notificación ya no suena: respira con nosotros. Y, sin embargo, la pregunta persiste, terca: ¿tenemos tiempo para hacer de todo menos pensar?

Tal vez la verdadera rebeldía contemporánea no consista en desconectarse del todo —gesto casi imposible— sino en conquistar intervalos de profundidad. Leer un libro de historia o de ciencia que nos descoloque. Caminar sin audífonos. Aburrirse. Permitir que la mente divague sin meta ni cronómetro. Defender la lentitud como un acto creativo.

Quizá la “máquina placebo” de Brooks no sea un artefacto externo, sino una decisión interior: aceptar que no hay mensajes urgentes, que el mundo puede esperar unos minutos, que la conciencia no siempre debe perder.

Porque la escasez no es el dinero. Es el tiempo. Y, más aún, la atención.

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