Escribir por escribir
Ha iniciado una semana más; o menos, no lo sé con certeza. Espero que esta traiga un afán distinto al de la anterior. Al fin y al cabo, es el último lunes de 2025: algo bueno tendría que traer consigo.
Desde mi oficina observo a dos pájaros retozar, casi al compás de 7 Years de Lukas Graham. La escena me devuelve al fin de semana recién pasado, uno que, sin exagerar, catalogué como fetén, más por una suma de circunstancias fortuitas que por algún plan deliberado.
El sábado comenzó como suelen comenzar mis sábados: unos minutos para observar el techo de la habitación y despejar la mente, dar gracias por una oportunidad más de vida, saludar a mi esposa y a mis hijas, correr algunos kilómetros, escuchar música. Luego, un desayuno frugal —cereal con leche—, una ducha rápida y el ritual de alistarme para ir a un bucólico bosque donde suelo cerrar la semana.
Al llegar, caminé un poco más de lo habitual. El tránsito pesado y la monotonía laboral suelen pasar factura, y esa caminata fue una forma de restituir el equilibrio. Pasados unos minutos, llamé a mi esposa. Conversamos cerca de media hora: pendientes domésticos, asuntos prácticos, pequeñas decisiones que sostienen la vida cotidiana. Colgué y seguí deambulando por un sendero estrecho con la vista fija en una nube plomiza. Pensé en leer o ver una película más tarde, pero el estómago me recordó que ya era hora del almuerzo.
Llamé a mi padre para coordinar dónde comeríamos. No me había percatado de que él estaba a pocos metros, descargando un árbol de aguacate. Mi hermano menor también estaba allí, ayudándolo. Conversamos, reímos un poco y colaboré recogiendo los aguacates caídos antes de decidir el destino del almuerzo.
De vuelta en casa, ya entrada la tarde, ordené mis pensamientos y mis tareas: primero los quehaceres, luego la lectura y, al final, una película. Leí un par de capítulos de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, y me encontré reflejado en una frase que siempre regresa: "Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos". Tal vez también me atrae, confieso, que el protagonista se llame Daniel, como mi segundo nombre.
Cerca de las 18:17 horas abrí un informe compendiado de la OMS sobre salud mental, prestado por una compañera de trabajo. Como dice el refrán: "hay dos tipos de tontos, el que presta un libro y el que lo devuelve", procuro no ser el segundo tipo de tonto. La definición de salud mental me detuvo: "…un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias aptitudes, puede afrontar las presiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y contribuir a su comunidad". Cerré los ojos un par de minutos. Pensé que, además del trabajo y la contribución social, la salud mental exige renunciar a discusiones estériles —religión, política, fútbol, relaciones— y, sobre todo, a la constante búsqueda de validación ajena. El llamado a cenar interrumpió la reflexión.
Después de la cena, lavar los platos, limpiar la cocina y entretener a las niñas, mi esposa y yo elegimos una película: Arrival. Más allá del suspenso, me atrapó la forma en que la historia incorpora una visión casi esotérica del tiempo, entendido no sólo como lineal, sino como simultaneidad. La Dra. Louise Banks lo dice con claridad: "ellos no perciben el tiempo de forma lineal". Pensé que quizá nosotros tampoco deberíamos hacerlo siempre.
El domingo salimos los cuatro a un centro comercial ostentoso, de esos donde la opulencia se exhibe y se mide en miradas. Comimos pizza, conversamos y hasta discutimos —sanamente— sobre algunos temas en boga. Al volver a casa, justo antes de abrir la puerta, lo pensé sin más vueltas: fue un fin de semana fetén.
Tal vez este texto no persiga ningún propósito claro. No explica nada, no enseña nada, no ordena nada. Pero existe. Y a veces basta con eso: escribir para no pasar de largo, para decirme —aunque sea en voz baja— que estuve aquí, que esto ocurrió, que no todo se pierde si se escribe.